Desde niños nos enseñan una serie de normas
para lograr un comportamiento aceptable en la vida de relación y evitar
conductas reñidas con el sentido ético vigente en la sociedad. Esto obedece a
la conveniencia social de evitar actitudes perturbadoras y a la aspiración
familiar y cultural de llegar a ser una persona honorable y honesta. En tal
sentido, los educadores, en su rol de padres y docentes, aspiran a formar
personas capaces de obrar en el sentido de aquellos valores cuya práctica
conduce a una supuesta rectitud moral. Esto es aceptado sin cuestionamiento
alguno por la gran mayoría de las sociedades y culturas.